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Cuento

            Batman estaba ante el Juez. Su impecable disfraz de paladín de la justicia brillaba con una tonalidad azul – negra impactante. Su máscara dejaba entrever sus ojos azul profundo y parte de su rostro adusto. Era la primera vez que se encontraba en tal situación. Venido desde ciudad Gótica, el Comisionado Gordon estaba presente en la sala de audiencias… incluso su Excelencia, el Señor Embajador estaba en el sitio. 

            No sería raro que el héroe estuviese ante las autoridades. Lo paradójico era la posición en la que se encontraba, sentado en el banquillo de los acusados. 

            Su Señoría ingresó a la sala. Al sentarse los presentes, el Fiscal leyó los cargos en contra del paladín. 

-Se le acusa, señor encapotado, de haber golpeado a un ciudadano.

-¡Pero estaba cometiendo un hurto! –gritó el héroe.

-Usted no puede tomar ni hacer justicia por su propia mano, señor murciélago, -espetó el Fiscal – Para eso existen las autoridades y, en este caso, la eficiente policía preventiva.

-El sujeto estaba sustrayendo de mi batimóvil varias cosas, entre ellas mi estéreo y los tapones de las ruedas. Además, rompió el vidrio derecho –dijo apesadumbrado el reo.

-Usted lo dijo bien –señaló el Fiscal- Podría ser válido si hubiera sustraído el radio del interior de su casa, pero los tapones y el vidrio estaban en la vía pública. También el carro.

-Pero, Su Señoría, ¡es inaudito lo que pasa! Estaba el vehículo en la calle, pero el hecho es que el sujeto rompió el vidrio, sustrajo los tapones de las ruedas y aparte se llevaba mi radio. No hubo quien dijera algo, la gente pasaba y veía y no hicieron nada. Llamé a la policía y tampoco se presentaron. El tipo tardó casi media hora cometiendo el hurto y…

-Si tardó eso, fue por las cintas que tenia pegadas en los tapones, por la película anti-asalto de sus vidrios, y por los remaches que tenía la radio. Aparte de la ruidosa alarma que no lo dejó hacer su trabajo. Si Usted, encapotado, no hubiera puesto tantas cosas en el vehículo, le apuesto que el ciudadano hubiera finalizado su trabajo en 2 minutos.

-¡Pero qué cínico!

-¡Orden! ¡Orden! –gritó el Juez. Esas ofensas no caben en un litigio donde está en juego su libertad, señor vampiro…

-Murciélago, por favor…

-Bien, murciélago, o lo que sea. Respete al Señor Fiscal.

             El Comisionado Gordon no daba crédito a lo que veía y oía. En algún viejo ejemplar de Viajeros había leído sobre la justicia “a la mexicana”, pero nunca imaginó que fuera de esa magnitud. En Ciudad Gótica las cosas eran muy distintas: los pillos eran encarcelados sin importar como fuesen capturados, dado que habían quebrantado la Ley y el Orden, y más si la detención había sido efectuada por un héroe público y popular. No existían cosas de ésas como los derechos humanos. Tampoco era requisito ir ante una autoridad a levantar una acusación si el pillo era atrapado in fraganti, pues valía más el respeto y la defensa de la propiedad privada que los derechos de los detenidos.

             Por supuesto que la mayoría de los procesados eran personas de escasos recursos que orillados cometían algún hurto. Las personas con recursos preferían irse de vacaciones en vez de cometer delitos y apoderarse del mundo. Eso era cosa del pasado. La globalización los había convertido, paradójicamente, en los verdaderos amos del mundo así que, ¿para qué molestarse en cometer faltas en una ciudad olvidada del mapa?

             Gordon era fanático de los puñetazos: mientras más violenta había sido la captura, más satisfecho se sentía. ¡Con cuántas ganas le rompería la cara a cuanto enemigo de su ciudad y de su nación se le pusiera enfrente! Las técnicas de interrogatorio que aprendió cuando fue soldado en la Segunda Guerra Mundial seguían intactas. Incluso se ofreció como asesor cuando la guerra santa contra el terrorismo, pero su oferta fue rechazada por tener ascendencia judía. Algo que pocos sabían del señor Gordon.

             El hecho de ser judío lo limitaba en su aspiración de asesor, pues la potencia no quería involucrar a sus vecinos en el problema. De haber intervenido Gordon, probablemente aquel territorio disputado ya sería polvo.

 -¿No se supone que para eso está la alarma del auto? Es para alertar, para avisar que se está cometiendo un daño a la propiedad, señor Fiscal –Alegó en defensa el ilustre abogado de la barba entrecana, feliz Senador y cenador (por ser tan voraz y depredador, decían sus antagonistas), aparte de ser Maestro en el arte del tráfico de influencias.

-Apague su puro, señor Abogado –advirtió el Juez- De otro modo me veré en la penosa necesidad de mandarlo arrestar.

-No sabe con quien se mete, juececito – amenazó el abogado- Si no fuera por mí, no estaría en ese sitio, ¿eh?

-Comisario –ordenó el Juez- Arreste al barbón, le apaga el puro en donde rime, y lo mete al apando una semana.

-Oiga, si no es pá’tanto –díjole el barbón – ya lo apagué, ¿ve?

             Lo ocurrido jamás se hubiera pensado siquiera. El Comisario, un tipo de dos metros y más de cien kilos auxiliado de dos ayudantes de similar tonelaje, cargó con el abogado como si fuese un títere. El puro ya no se lo pudo apagar porque el audaz jurisconsulto ya lo había extinguido. De lo que no se salvó fue de ingresar al apando, esa oscura celda de castigo de un metro cuadrado por completo, y donde solo se oían canciones gruperas todo el día y toda la noche.

             Los fotógrafos se dieron vuelo tomando instantáneas del suceso. Incluso hubo quien se atrevió a sugerir que con una toma podrían reproducirse afiches al por mayor, y estampar playeras, ceniceros, recuerditos mil para conmemorar el suceso y, tal vez con eso, pagar la fianza del ilustre abogado. –“Es un mártir, como Jesucristo o como el Ché Guevara”- dijo algún colado que, por suerte, fue localizado y neutralizado por completo. Alguien pensó en promover pulseritas de plástico, idea que obvió por lo notorio del incidente, aparte de que tales artilugios pronto serían víctima de la piratería.

             El defensor no sabía que el Juez era de mano dura. Un tipo forjado en los cánones de la legislación habida y por haber, quien había ganado su puesto mediante una ardua competencia contra otros candidatos. Por ello no le temblaba la mano el firmar sus decretos, ni la voz al dar órdenes. Por primera vez, el defensor había fallado.

             Por su parte, el Señor Embajador quedó pasmado. Creía que al contratar al mejor abogado tendría asegurado el éxito de la defensa. Varios favores les debía el barbado, pero esta vez quedó en ridículo. Al consultar con sus asesores, notó que el fuero del Senador no lo protegía contra los insultos proferidos a un Juez. Habría que preparar una carpeta top-secret para planear un embargo económico a cambio de la libertad del paladín. Pero a estas alturas, ¿qué podrían embargar? Solo el aire, y tal vez no, porque estaba contaminado.

 -Su Señoría –dijo el héroe en tono prudente al ver la escena – Ya no tengo defensor. Por lo tanto, el proceso no puede continuar.

-Nuestra legislación permite que pueda defenderse a sí mismo, o bien esperar a que se le asigne al abogado de oficio. Este último proceso duraría… a ver… unos dos o tres años. Mientras tanto, quedaría encerrado en la prisión preventiva.

-Pero, ¿no es posible que se me fije una fianza?

-No, Señor encapotado. Según el médico legista, Usted le fracturó la cara a la víctima, le perforó un pulmón, y lo dejó parapléjico. Usted es un sujeto altamente peligroso.

-No creí que mis golpes de karate fueran así de demoledores. Solo le di un golpe. El linchamiento es cosa que yo no provoqué…

-¿Nota Usted, señor Batman, que se está defendiendo solo? Confirme si desea defenderse a sí mismo, o de plano suspendemos el proceso hasta que se le asigne al defensor de oficio.

-Acepto defenderme solo, Su Señoría.

             Esa tarde, el paladín había salido del cine después de firmar miles de autógrafos. Se le notaba cansado pero satisfecho por la aceptación del público. Al avanzar hacia el sitio donde había dejado su batimóvil, escuchó el ruido de la alarma. Apuró el paso y vio a un sujeto apremiándose a desprender el radio de su auto. Al robarlo, el sujeto se apostó a hurtar los tapones de las ruedas. Iba por la segunda cuando una mano musculosa lo cogió del cuello y lo levantó.

             La gente que iba por la calle hacía como-que-no-veía-nada, no obstante lo llamativo de la escena: un vehículo negro con forma de murciélago, la sirena a todo volumen, con cristalazo en el lado derecho, un radio sustraído, un hombrón fornido, y un pillo demasiado flaco. Al pedir ayuda a la gente para que avisara a la policía, nadie hizo caso. Y así estuvo con el tipo casi quince minutos, más otros quince que el sujeto había tardado en cometer el cristalazo. Media hora.

             En un descuido, el pillo azotó una bujía en el pecho del paladín, quien le dio a la vez un golpe de karate entre ceja y oreja. Al ver la escena, la gente se arremolinó en el lugar y, al ver la pelea, se dejaron ir sobre el tipo: sobre su flaca humanidad llovieron patadas, insultos, golpes, tubazos… hasta una barbie azotó en su cuerpo. El linchamiento duró poco menos de cinco minutos, suficientes para dejarlo malherido. En ese instante, de la nada aparecieron veinte gendarmes que no hicieron por detener al populacho, sino que se fueron sobre el tarado enmascarado que se quedó parado en el lugar.

             De inmediato, llegaron cinco helicópteros y diez ambulancias. Todo el cuerpo de paramédicos atendieron al lesionado, mientras el paladín era esposado y trepado en una patrulla tipo carriola. Tal era su estatura y lo compacto del auto, que tuvo que hacer contorsiones tragicómicas hasta quedar en posición fetal dentro del diminuto vehículo.

             Al ser ingresado en la Delegación, el paladín fue despojado de sus pertenencias: su cinturón, sus armas, su capa. Cosas que no fueron inventariadas y que nadie supo dónde quedaron. Al cerrarse la reja de la celda, sintió que tal vez todo había sido un error.

 -Ya sabemos lo del linchamiento, señor encapotado. ¿Algo que no hayamos conocido y que pueda minimizar su castigo?

-Realmente, Su Señoría, no me explico por qué me involucran en el linchamiento, si lo único que hice fue defender mis propiedades.

-Hay un problema, señor paladín –dijo el adusto Fiscal – Usted no ha demostrado que los bienes sustraídos por el guasón sean de su absoluta propiedad. El cristal, el radio y los tapones no presentan marca alguna de propiedad. Y el automóvil tiene vencido el permiso de importación temporal aunque, si bien es cierto que caducó ayer, también lo es que su vehículo está de ilegal en el país. Otro cargo en su contra: contrabandista.

-Pero, eso es absurdo. Yo tengo entendido que si las cosas están pegadas en algo que es propiedad de alguien, son de su propiedad. El radio, el vidrio y los tapones estaban pegados al auto que, aunque esté de ilegal, las tablillas están a mi nombre. Luego, tales adminículos son míos.

-Error, porque al momento de estar separados, ya son cosas distintas. Además, Usted no presentó testigos de pre-existencia y falta posterior de las cosas.

-¡Oiga! Mi amigo, el Comisionado Gordon, atestiguó sobre la propiedad de mis cosas. ¿Por qué no toman esa declaración en cuenta?

-Porque el señor Gordon es eso: su amigo. Y el atesto de un amigo tiene el mismo valor que un pepino.

-¡Su Señoría! –rugió el Comisionado – ¡Eso es injusto!

-Calma –dijo el Juez- El Comisario está ansioso por darle una estancia agradable en el apando. Lo que diga el Fiscal es una cosa. El análisis de los hechos y de las pruebas es otra, y ese es mi trabajo.

-Usted dijo que el pillo tiene de alias el de guasón. Pero no se parece en nada al archicriminal que desea mi fin –dijo apesadumbrado el paladín-

-Así es. El mote lo obtuvo después de leer historietas. Aunque es verdad que desea verlo en la cárcel por haber provocado el linchamiento

-¡Que yo no provoqué el linchamiento! La gente se arremolinó y la misma gente empezó el lío. Yo solo quería que viniera la policía, cosa que no sucedió.

             En su estancia en la Delegación, el paladín contemplaba el paso lento de las horas. Nadie le decía nada, y solo se limitaba a ver el ingreso y la salida de varios sujetos: ebrios, peleoneros, infractores. Al solicitar una audiencia con el jefe delegacional, le informaron que eso no era posible porque estaba en un mitin con el hombre – esperanza (por lo menos él lo había entendido así). Se presentaría, si bien le iba, hasta el martes siguiente. Entonces pidió hablar con otro funcionario. Lo único que obtuvo fue una serie de silbidos de los demás detenidos.

             Cuando al fin pudo conseguir el privilegio de hacer una llamada, el primero que vino a su mente fue su amigo, el Comisionado.

 -Roberto, ¡tienes que ayudarme!

-¿Qué sucedió, Bruno?

-¡No mames! No me llames así.

-No te hagas. Tú empezaste.

-Ok, ok. Mira: al salir de la sesión de autógrafos, noté que un tipo estaba desvalijando el carro. Lo detuve y pedí apoyo de la policía pero no llegó. Entonces el sujeto me arrojó una bujía, de ésas que llevan los motores. Le solté un fregadazo en la cara, y luego se le arrojó la gente encima y lo madrearon todito. Quedó hecho un fideo. Llegó la policía y me arrestó, pero aún no me han acusado de nada. ¡Estoy detenido y el coche en el corralón!

-Ya, ya. Mira, ahorita tomo un vuelo para ir en tu ayuda. Hablaré con mi amigo el Embajador y te designará el mejor abogado. Claro que los honorarios habrá que pagarlos…

-Ok, ok. ¿Jornada blanca a los menudistas del sector nueve?

-¡Ése es mi muchacho! Asunto arreglado. Mañana podrás regresar a casa.

-¿Y el carro?

-Olvida esa chatarra. A estas horas ya debe estar completamente desvalijado y deshuesado. Mandaremos hacer otro con fondos de la ciudad. ¿Te parece?

-Bien. ¡Yo sabía que mi amigo no me iba a dejar solo!

-No te apures, hijo. Ya todo está bajo control.

             El optimismo del paladín tenía asombrados a los huéspedes de la Delegación. Tan tranquilo, y con una leve sonrisa que hacía dudar de sus actos a los gendarmes. De pronto, el televisor atrajo la atención de la distinguida concurrencia. A vuelo de helicóptero se transmitía la noticia del día: un linchamiento provocado por un golpeador profesional drogado en contra de un indefenso elemento de la OPEVSA. El paladín contrajo sus poderosos músculos, pues las injusticias lo hacían rabiar de modo tal, que la sangre le hervía y era capaz de derrotar, con una sola mano, a diez sujetos.

             ¡Con cuánta alegría le rompería el espinazo a ese abusón, si lo tuviera enfrente! Su ánimo decayó cuando se vio en la pantalla.

 -Así es jefe –decía el reportero del aire –El golpeador azotó cruelmente al personal de OPEVSA, tal vez porque estaba drogado y no midió sus actos.

-Es la barbarie –decía con tono apesadumbrado el jefe- No podemos estar en la calle en paz porque alguien empieza a dar problemas.

-En esta toma observamos como el golpeador agita al sujeto. ¡Pobre hombre! Vea, está llamando a la multitud a unirse en esa carnicería… ¡Que horror, no quiero seguir viendo! –el reportero soltó, entonces, un fingido lloriqueo infantil que ni su propia madre hubiera creído.

-Ya, ya pasó. Vemos como la policía somete a ese delincuente, a ese agitador, cuyos actos no tienen nombre. Lo notamos muy mansito después de provocar el linchamiento. Que cobarde. Ni su propia madre lo querría. ¡Exijo, desde este espacio, la pena de muerte contra ése, ése, malvado! En otras noticias, fue arrestado “el Chacal de los Supermercados”. Al momento de su detención tenía en su poder una lata de atún y un paquete de pan. Las autoridades se hicieron cargo de él, y lo confinarán a prisión perpetua para que pague por sus crímenes cometidos contra la sociedad. Me reportan que los funcionarios acusados sin fundamento de corrupción, han quedado plenamente exonerados, toda vez que sus propiedades e inversiones son plenamente legítimas…

             El paladín no daba crédito. Las imágenes eran distintas a lo narrado. “Tal vez” –pensó- “esas tomas puedan servir para desvirtuar la acusación que me lleguen a hacer. Mis amigos ya están enterados, y me ayudarán”.

 -¿Por qué en silencio, señor paladín? Como defensor de sí mismo, no ha rebatido el dicho de los testigos presenciales del hecho – dijo el Juez, sacándolo de sus meditaciones.

-El vídeo. Hubo un vídeo de lo ocurrido, Su Señoría. Lo ofrezco como prueba a mi favor.

-Es una pena, señor paladín – señaló el fiscal- Por un lado, esa prueba es inadmisible porque yo ya la ofrecí. Por el otro, ese vídeo no existe.

-¿Cómo puede ser inadmisible una prueba que ya se ofreció, y además que tal no exista? Es absurdo. Su Señoría, solicito que de nueva cuenta se muestre ese vídeo. Lo pasaron en el noticiario de la noche de ese día, de alguna forma debe existir, ¡Debe existir!

-Esa es una probanza sin valor, encapotado, porque todos lo vimos, y notamos el maltrato que hizo al hombre de OPEVSA.

-¿OPEVSA? Ya habían dicho eso antes, ¿qué es eso?

-OPEVSA –dijo el Fiscal- significa Operadora de Parquímetros y Estacionamientos Viales. Son los encargados de resguardar el orden en el uso de los espacios de estacionamiento en la vía pública. Se organizan en la División de Franeleros, esos valiosos hombres que arriesgan su vida en la noble tarea de apartar cajones mediante el pago de una cuota simbólica por lavar el vehículo del cliente, y que ayudan en las complicadas tareas de estacionarse. La División Guardia, son aquellos hombres que arriesgan su vida velando la propiedad de sus clientes automovilistas. La División Candado, aquellos que haciendo uso de la tecnología, inmovilizan los vehículos de aquellos que se niegan a pagar la cuota por uso de la calle. ¿Satisfecho?

-Oiga, cuando estacioné el carro, llegó un sujeto menudo, pecoso, picado de la cara, chimuelo y con aliento dragoniano. Contra mi voluntad le dejé encargada mi nave pues él se comprometió a cuidarla y a lavarla. Dijo que me esperaría para pagarle después de la sesión de autógrafos a la que iba. Luego, él era responsable de cuidar mi coche, cosa que no hizo. También recuerdo haberlo visto cuando detuve al tipo ése, al guasón, y cuando éste me pegó, el pecoso fue a una orilla y sacó una barra. ¡Él fue quien instigó a la gente a que le pegaran al guasón!

-Momento –dijo el Juez- ¿Usted afirma que el pecoso fue quien instigó a la gente a pegarle al guasón? ¿Es así?

-Lo digo y lo sostengo, Su Señoría. Es más: recuerdo que el pecoso insultaba al guasón diciéndole algo así como que por qué se metía en su territorio, y una niña harapienta, y ofrezco disculpas por decirlo así pero estaba vestida con ropas rotas y sin zapatos, le arrojó una muñeca al tipo cuando estaba en el suelo, y se orinó en él.

-¡Ah, “el Pecas”! Haberlo dicho antes, señor encapotado. –dijo regocijado el Fiscal- Él es el jefe del sector de OPEVSA en la zona del cine. ¿Ya ve como conviene usar los servicios del eficiente personal de OPEVSA? Su carro estaba seguro pues, aunque el guasón se hubiera llevado sus cosas, tendría otras de repuesto en menos de lo que canta un gallo. Déjeme le hablo a su celular para confirmar su versión.

-Pida permiso primero, señor Fiscal- dijo el Juez.

-¿Me permite hacerle una llamada al “pecas”, Su Señoría?

-Concedido, señor Fiscal.

             El compás de espera fue largo. Mientras el Fiscal llamaba por teléfono, en la sala de audiencias la gente murmuraba. El paladín ya no sentía lo duro, sino lo tupido. ¿Cómo iba a pensar que OPEVSA era una organización poderosa en la ciudad, más influyente que las propias autoridades? Jamás había escuchado de tal en los altos círculos de la política y de los negocios. Una organización así debería cotizar en la Bolsa de Valores, y tener un corporativo muy fuerte. En sus viajes a otras ciudades del mundo jamás había escuchado de algo así. Conocía de las mafias, de los cárteles, de otros medios organizacionales del bajo mundo y de las altas esferas políticas y económicas. Esto realmente le sorprendió.

 -Ok, “pecas”. ¿Entonces se te pasó la mano, carnal? Ps oye, ora si te la jalaste duro. Si, ya sabemos que el guasón estaba en tus territorios, pero pensamos que tal vez le habías dado chance, ¿no? Ya ves que está duro esto de conseguir piezas y todo eso. ¿Tenías de repuesto para el carro del don? ¿No? Bueno, tal vez se hubiera conformado con unos tapones y un radio genéricos. ¿Te amoló la cena? Ps’oye, con un menudito se te hubiera bajado el coraje. Tá’güeno, entonces dejamos esto así, ¿sale? Me saludas al “chicarcas”.

             El monólogo del Fiscal de alguna manera dio un respiro al encapotado. Ya aclarado el asunto de que “el pecas” había provocado todo, tal vez los cargos se retiraran de una vez. Así podría regresar a casa y cenar como Dios manda. No sin antes, enviarle un obsequio a su salvador, si todo salía bien.

 -Su Señoría, retiro los cargos de las lesiones graves imputadas al encapotado – dijo el Fiscal. Se trató de un error, toda vez que hubo un tercero perjudicado en sus intereses, mismo que los defendió según los cánones de OPEVSA…

             La sala de audiencias soltó aplausos de alegría. ¡Por fin se había exonerado de los cargos al paladín de la justicia, al amo y señor de la noche, al defensor de los desvalidos y enemigo de las injusticias…

 -…Sin embargo, sostengo cargos por responsabilidad civil y monetaria en contra del acusado, quien deberá pagar, todos los daños y perjuicios causados a OPEVSA, por haber interferido en sus labores.

-¿Qué? –dijo asombrado el héroe- ¿Cuál responsabilidad civil y monetaria?

-Así es, señor encapotado. Usted interfirió en las acciones de protección de OPEVSA, dejó a un personal de aquella sin el ingreso de un día, y le propinó un golpe de karate al guasón. Además de haberle arruinado la digestión a quien le confió la custodia de su vehículo.

-¿Es castigado con prisión?

-No. Usted deberá pagar todo lo que adeuda por los cargos mencionados. Como es materia civil, no cabe la prisión, pero sí otras medidas que le obligan a pagar tales daños.

-Bien –dijo confiado el paladín- ¿Cuánto es la cantidad a pagar?

-De acuerdo –asentó el Fiscal- Por labores de custodia, son $3,000.00 Por servicio de lavado son $600.00 Por servicio de apoyo en labores de estacionamiento: $2,000.00 Por apoyo en crisis: $120,500.00. Usted adeuda a OPEVSA $126,100.00

-¡¿Ciento veintiséis mil cien?!

-Más lo de la grúa, el arrastre y la pensión. Más impuestos tributarios por la permanencia ilegal de su vehículo en el país, más $100.00 por las lesiones del guasón.

-¿Podemos llegar a un arreglo? No sé, que quedara en la mitad para pagar mi pasaje de avión…

-No es posible. Usted deberá pagar esos daños, o queda su vehículo en garantía.

-¿Mi vehículo en garantía? Pero si el puro chasis vale casi dos millones, es de aleación aeroespacial, de kevlar, aluminio y titanio…

-¿Ya ve? Vendiéndolo por kilos puede rendir buenos dividendos. Entonces qué, ¿paga o paga?

-Bien. Esa cantidad la pagaré. Quiero recibo para deducir gastos en mi declaración de impuestos.

-Esteee ¿recibo? ¿No le servirá una nota simple?

-No. Quiero recibo. Le doy mi cédula tributaria para ver lo del recibo. Tengo mi domicilio en el extranjero. Supongo que sus recibos tienen validez internacional.

-No sea malito, señor paladín. Un recibito simple, ¿si?

-No. No hay recibo, no hay pago.

-De acuerdo, señor murciélago. Llame con su contador. Pregúntele, por favor.

             El cambio de actitud del Fiscal, primero reacio, y ahora blando, hizo suponer al héroe que tenía el asunto bajo su control. Después de haber pedido permiso al Juez para llamar a su contador, una mano en su hombro le hizo voltear. Se trataba de Su Excelencia, el Embajador.

 -Paga.

-¿Qué? ¿Así nomás?

-Tú paga, animal, y no preguntes.

-¡Oiga! Por lo menos quiero saber…

-¡Tú no sabes nada! Ya paga. Te lo suplico. ¡Paga!

            El apremio que mostraba el Embajador hizo suponer al héroe que algo estaba mal. O que él era quien estaba mal y no comprendía. ¿Acaso OPEVSA era algo más poderoso que el poder tras el poder? ¿Se trataba, tal vez, de aquella sociedad secreta que gobernaba tras las sombras al mundo? ¿Los amos del destino de la humanidad? Su capacidad detectivesca le pedía a gritos entrar al fondo del asunto. Pero al ver los rostros de la gente sita en la sala de audiencias, del Fiscal, del Embajador, y del propio Juez, lo hizo dudar acerca de meterse en el embrollo.

 -¿Acepta cheque, efectivo o tarjeta de crédito? –cuestionó el paladín.

-Efectivo, así nomás.

-Esa cantidad no la puedo sacar así como así del banco. Si pido una transferencia de fondos, tal vez sea…

-No se apure –interrumpió el Fiscal- Puede ir a descansar, y mañana a las nueve en punto, le veré en el banco para el dinero. Nos acompañará “el pecas”, y asunto arreglado.

-Bien. ¿Quedamos en $126,100.00?

-Si, ya en eso. De lo demás déjelo por nuestra cuenta. Por cierto: no se le olvide contratar los servicios de OPEVSA.

-Iré en un taxi.

 Epílogo.

             Ya desayunado, el héroe acudió a la cita. El retiro del dinero y el pago ocurrió sin mayores contratiempos. Incluso, recibió su vehículo lavado, pulido y encerado. Los tapones eran de otro carro, pero los tenía. El estéreo era de casete, pero ya lo tenía. El auto olía a aromatizante de vainilla por todo el interior. Hasta peluche tenía puesto en el tablero.

             En el aeropuerto, ya embarcado su carro, tomó tiempo para ver televisión en la sala de espera. La gente aún se le acercaba a pedirle un autógrafo, los cuales concedía de manera amigable. Salió a tomar un poco de aire, contaminado, pero aire al fin. Vio su reloj de pulsera imitación de un Rolex ya que el suyo había desaparecido misteriosamente en la Delegación.

 -Viene, viene, quebrándose, quebrándose, ¡Ahí mero, jefe! ¿Se lo cuido?

-No, gracias. Tiene alarma, y está asegurado. ¿Nos vamos, amor?

            Batman había observado que ese sujeto había cometido el peor error de su vida… Nadie puede oponerse a los deseos de OPEVSA…

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