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Donante

– Oiga, ¿por qué no me avisaron sobre la extracción de órganos de mi esposa?
– Pues, porque en su licencia de manejo claramente se establece si es deseo del licenciatado donar sus órganos a su muerte por accidente vehicular. Eso está establecido en la Ley, y Usted debería saberlo.
– Sabía de eso, pero la manera en cómo llevan a cabo la extracción me parece completamente fuera de lugar, pero igual debieron avisarme.
 
Armando y Lucía eran una joven pareja que tenían poco de haberse casado. Su futuro era prometedor: él abogado de un exitoso bufete y ella arquitecta. Ambos provenían de familias acomodadas y la unión resultó beneficiosa. Los consuegros tenían puestos en la pareja un sinfín de deseos, entre ellos tener nietos que perpetuaran la estirpe, y conservar los negocios y la fortuna. La pareja, podría decirse, eran un ejemplo vivo de lo que es la buena salud, tanto emocional como física. Despedían una energía y un ánimo de vivir realmente envidiable. Siempre con una sonrisa a flor de labios, y una respuesta correcta acorde al momento y a las circunstancias.
 
Ambos acudieron ese día a tramitar sus licencias de manejo. El Estado había determinado que por el hecho de tramitar el permiso el licenciatado autorizaba donar sus órganos en caso de muerte derivada de accidente vehicular; de no desearlo, debía expresarlo por escrito y esperar la respuesta del funcionario en turno, lo que podía tomar días, o semanas (situación que retrasaba la obtención de la licencia). Las vacaciones al extranjero estaban prontas, y necesitaban la licencia para pasear en automóvil. El trámite de Armando fue rápido. El de Lucía fue más lento –quizá por su condición de mujer le hacen más análisis clínicos por alguna razón – pensó Armando. Después de los exámenes, ambos acudieron a la ventanilla por sus licencias. –Que linda saliste en la foto, Lucy, me encanta esa sonrisa tan… tuya… tan mía –Es para ti, aunque también sirve para que el oficial no me levante infracción -¡Me encantas!
 
El viaje de recreo fue encantador. Trajeron muchas fotografías, y la expectativa de traer a su primogénito en el vientre de ella (por supuesto). Pasaron los días y la rutina de ambos fue rota por una situación alarmante.
 
– Te digo que el tipo de la camioneta me estuvo siguiendo desde que salí del despacho. Me asustó mucho eso.
– ¿No te parece que exageras, Lucy? Quizá el tipo de la camioneta tenía el mismo derrotero que tú.
– No creo eso. Que te sigan algunas cuadras está bien, pero incluso en la gasolinería, luego en la tintorería. Me parece que es demasiada coincidencia. Te pido que hables con el Procurador y le expliques eso… si es necesario, iré contigo.
– Bueno. Dame la descripción de ese carro.
– Era una camioneta de ésas extranjeras, sin placas, tipo narcotraficante, negra, muy veloz… me alcanzó en la autopista y se me emparejó a pesar de que yo iba a 140…
– wow… deja veo eso con el Director de Vialidad, a ver que pueden hacer…
– Gracias…
 
En la oficina de Vialidad hicieron una localización visual de la camioneta descrita por Lucía. Las cámaras de tráfico la localizaron en el centro. A poco, varias unidades detuvieron al infractor.
 
– Mi amor, localizaron la camioneta que me decías.
– ¿Y qué pasó?
– Pues, efectivamente, era un vehículo ilegal. Solo que el conductor era una anciana con prótesis en las piernas. Se le investigó, y según eso el día que te correteó ella estaba en el hospital en su terapia. Nadie tiene la menor idea de quién haya usado su camioneta. Solo se le infraccionó por no traer placas, pero creo que no pasará de ahí.
– ¡Me asusta eso! Puedo asegurarte que esa camioneta la traía un sujeto, no una anciana. ¡Tengo miedo!
– No te preocupes. Haré que alguno de los muchachos esté cerca de ti cuando salgas del despacho. Llévate mi camioneta mejor, y déjame tu auto… aunque no sé si me vea varonil manejando un Mercedes de color rosa…
 
Pasaron semanas sin novedad alguna. Todo al parecer había quedado en un mero susto sin mayor trascendencia. Aquella mañana Lucía encontró algo extraño en su despacho: faltaban fotografías de ella, aunque en las que salía con su esposo estaban en su sitio. –Tal vez las cambié de lugar sin darme cuenta- pensó para sus adentros. Luego, sin darle importancia continuó con sus actividades.
 
– Me parece muy extraño cómo ocurrió el accidente, Arturo… no sé… como si hubiese sido muy calculado: la forma de golpear el auto de Lucía, proyectarlo al árbol, lastimarla sin que su cuerpo sufriera daños de consideración… provocar una muerte cerebral…
– La mecánica del accidente es clara, David. Si bien el auto de la víctima tenía un golpe en la parte posterior, también lo es que la trayectoria de salida pudo deberse a una ponchadura, o al exceso de velocidad al que iba. Además, esos Mercedes están hechos para no destruir la cabina.
– Pues sí, pero las bolsas de aire no funcionaron, y el cinturón de seguridad falló. La señora rebotó como muñeca de trapo adentro del automóvil, sin una sola fractura, pero el daño cerebral fue brutal: sus sesos quedaron como gelatina revuelta. A mí me parece que hay algo muy raro en eso.
– Bueno. Tienes la encomienda de aclarar eso en 24 horas, que por Ley tenemos que desechar el cuerpo. Entregarlo a sus familiares, pues.
 
David era el responsable del área de peritajes. Abogado también, fue condiscípulo de Armando. Más avocado al servicio público, había perdido la oportunidad de subir de nivel por su orgullo: no estaba acostumbrado a pedir ni a deber favores, y sabía bien que un ascenso significaba vender sus nalgas de por vida. Algo que no estaba dispuesto a hacer.
 
– ¡Estoy acabado!
– No digas eso. Ten en cuenta que fue un accidente. Solo eso. Ya solo lo que resta es que rehagas tu vida, que sigas adelante, como Lucía lo hubiese querido.
– ¡Ella era mi vida, mi todo! Íbamos a tener un hijo… ¿sabes lo que es perder un hijo?
– Yo perdí al mío cuando me divorcié… mi ex se lo quedó y se fue a otro lugar a vivir, ni me deja hablar con él… Ni siquiera sé como le está yendo en su vida…
– Pero lo tienes vivo, David. Si tú quisieras, irías a dónde está y lo abrazarías y lo amarías… el mío murió ¿entiendes? MURIÓ
– Lo comprendo…
– ¡Tú no comprendes nada, cabrón!
– Está bien. No comprendo nada.
– Lucía y yo nos fuimos de vacaciones al extranjero… sacamos nuestras licencias…
– Ya sé. Con esa medida estadual de que la donación de órganos es a chaleco, cualquiera puede morirse y ser vaciado antes de la sepultura… somos, por la decisión de alguien, una especie de refaccionaria para gente desahuciada…
– ¿Cómo?
– Si, Armando: la cosa es que al darte la licencia, autorizas a que te extraigan órganos para “donarlos” a personas que requieren de un transplante, cuando mueres en un accidente. Así, desde el momento en que sacan a la víctima del siniestro, ya tienen su ADN y una lista de posibles donatarios, y en el trayecto a la morgue, le extraen piezas para su envío al hospital. La víctima llega prácticamente vacía, mientras partes de su cuerpo van a dar a diferentes lugares. Sin embargo, pocas veces quedan órganos completos por la dinámica del accidente. Se es muy afortunado cuando la víctima queda casi entera…
– Como Lucía…
– ¿Perdón?
– Sí, Lucía solo tuvo muerte cerebral… se me hizo espantoso la forma en la que le extrajeron sus órganos… ¡Estaba viva cuando la vaciaron esos hijos de puta! ¡Ni la oportunidad de tratar de salvarla le dieron!
– Había pensado en eso, Armando… solo que no quise hacer comentario al respecto. Pero ya que tocas el tema, ¿estarías dispuesto a platicar de eso?
– Todo me vale madre en este momento. Mira David, el día que sacamos la licencia, a ella le hicieron varios análisis, tardaron mucho en dejarla salir, pensé que era cosa de rutina…
– ¿Cosa de rutina? Esos análisis no toman más de cinco minutos. Me late que hay algo muy raro en eso.
– ¿Raro?
– ¿Crees que haya la posibilidad de que a ella la hayan tenido checada? ¿Qué alguien la seguía o algo? Vamos, que haya sido seleccionada para una donación forzosa…
– ¡No digas estupideces, David!
– Bueno, es una posibilidad… el hecho de que le hayan practicado un análisis profundo, que solo haya tenido muerte cerebral y haya quedado casi entera… no sé…
– No lo sé… días antes del accidente me contó que la seguían, pero resultó que era una anciana la propietaria de ese vehículo. Luego me contó que se habían extraviado fotografías de ella de su despacho… no le di importancia a eso…
– Cuéntame, en la familia de ella ¿hay alguien que requiera algún transplante? Es sabido que los transplantes entre familiares tienen mayores probabilidades de éxito que con un extraño.
– Yo sabía que una tía de ella tenía problemas en sus riñones, pero no supe más de eso: la señora me cae muy mal, jamás me aceptó, ni hablar de ella…
– ¿Qué te parece si hacemos algo? Indaga con la familia a ver que ha pasado con esa tía. Yo indagaré acá el por qué le hicieron esos análisis tan profundos. Algo debe salir.
– Pero hay un problema: jamás dicen quien ha sido el donador…
– Ese problema tienes que solucionarlo. ¿Te acuerdas de lo que decíamos en la carrera ante los problemas?
– Nada se me resiste…
– Así es: nada se me resiste.
 
Armando desde luego puso manos a la obra. Salir de la ciudad para visitar a la tía de Lucía le resultaba especialmente repugnante. Pensar que la señora había fraguado la manera de obtener órganos de Lucía, de su Lucía, le hacía hervir la sangre en las venas. La relación entre ellos no era muy cordial: la tía era una mujer dominante, controladora y chantajista que había marcado el derrotero de la vida de Lucía. Cuando ella salió de su casa para estudiar arquitectura y conoció a Armando, superó el control de aquella arpía mujer, cosa que jamás le perdonó a Armando.
 
– Buenas tardes, señora…
– Buenas tardes, hijito. Pasa, que esta es tu casa.
– ¿Cómo sigue de salud, doña Cuquita? Espero que se esté mejorando del problema de sus riñones.
– Ay, tú sabes bien que nunca saldré de esto. Si mi niña Lucía estuviera aquí, las cosas serían muy diferentes, pero te eligió a ti y me dejó sola y abandonada. ¡Pobre de mí!
– Podría Lucía estar más cerca de Usted de lo que piensa, Doña ¿no lo cree así?
– Mi niña ha muerto. Y tú eres culpable de eso. Jamás debiste regalarle ese automóvil. Muchas veces se lo dije: que no aceptara nada de ti porque acabaría muerta, y ya ves, tengo razón. Me debes la vida de Lucía, Armandito, me la debes…
– Yo no le debo nada, señora. Iré al grano: le extrajeron sus órganos cuando el accidente, y curiosamente Usted es familiar de ella, Usted necesita riñones, dígame ¿Tiene pensado que le transplanten sus riñones? DÍGAME
– Pues…
– Responda, señora. Ahora.
– Mi arteriosclerosis ha hecho mis venas débiles. No soportaría una operación aunque fuera para sacarme las uñas de los pies, Armandito.
– Una cosa le advierto, Doña: si me entero que Usted hizo algo para obtener los órganos de Lucía, le aseguro que no los disfrutará ni un día ¿lo entiende? NI UN DÍA.
– Tus amenazas son fútiles, Armandito.
– Son más serias de lo que cree, doñita. Explíqueme de qué manera le hacen la diálisis si tiene las venas débiles. Si soporta eso, puede soportar una operación.
– No tengo que explicarte nada, pendejo. Que tengas buena tarde.
– Muérase, doñita. Muérase.
 
Esa tarde, Armando regresó para saber que avances había tenido David con la indagatoria en la oficina de licencias. Aún tenía el aliento amargo de la entrevista con la tía. El chantaje y el control de la señora seguía presente en el ambiente, a pesar de traer las ventanillas bajadas.
 
– ¿Qué noticias has tenido?
– Unas muy interesantes. Deja te comento. Primero, lo del análisis profundo fue una orden del Gobernador
– ¿Del Gobernador? ¿Qué tiene que ver ese cabrón en esto?
– Su hija es de la edad de Lucía y necesitaba un corazón. Aparentemente eran compatibles, y la “nena” ya estaba en las últimas. Se la llevaron al extranjero para tratar de salvarla, y al parecer lo hicieron con el corazón de tu mujer. Lo lamento.
– Hijos de puta. ¿Mataron a mi mujer, a mi hijo, para darle vida a una zorra? Esa mujerzuela se enfermó por sus excesos, por su mala vida, es de todos sabido eso.
– Espérate: Segundo, el resto de los órganos se transplantaron a personas de escasos recursos muy jodida. Por lo menos, ayudó a otros desgraciados…
– Eso no me importa, mataron a mi mujer y eso me pone furioso. Por lo menos no le dieron nada a su tía.
– Eso es ventaja. En esta carpeta, viene toda la indagatoria, los archivos y todo. Tú tienes la posibilidad de exigir una indemnización y mandar al bote al Gober por haber ordenado el homicidio de Lucía. Solo que no prosperará aquí: deberás hacer tu reclamo en el extranjero: ya sabes, estos hijos de la chingada se cubren el culo unos a otros.
– Pero ¿cómo obtuviste esto?
– Son documentos originales. Incluso el Gober cometió el error de dar la orden por escrito. La manera de cómo lo obtuve es pan comido. Son las experiencias que te deja trabajar en las áreas de inteligencia.
– ¿Y que harás?
– Bueno, esto traerá muchas consecuencias indeseables. Ya arreglé para irme exiliado al extranjero, con un nombre e identidad nueva. Me llevo a mi hijo conmigo y me parece que no regresaré por una larga temporada. De hecho, me voy ahora mismo. Solo un favor, Armando…
– Dime…
– En este sobre te dejo como mi apoderado para que vendas mis propiedades, y pagues mis deudas. No te preocupes: no nos vincularán porque uso otra identidad en esos trámites.
– Gracias…
– Adiós.
 
Esa noche lluviosa, la orgía que se hacía en la casa de recreo del Gobernador parecía no tener fin. El humo de un cigarrillo era la única compañía del solitario conductor. La poderosa camioneta estaba preparada para embestir e incluso partir en dos a un bóvido de 600 kilos. Unas luces del BMW dieron la alerta al conductor. El auto iba escoltado por otros dos, y uniéndose a la caravana, avanzó con paso veloz. El primero en caer fue un Ford de la escolta: cayó al vació después del certero golpe en la trasera. La segunda escolta intentó abrir fuego: el golpe de la camioneta lo aventó hacia un tráiler que venía de frente. Ya solo quedaba el BMW.
 
La persecución fue estresante: el BMW no se dejaba rebasar; la camioneta como ágil pantera le seguía el paso a solo unos metros. El momento exacto. El golpe preciso. Un auto disparado hacia un árbol. Una muñeca rota en su interior.
Las pesquisas del día siguiente determinaron que la hija del Gobernador se había estrellado por el exceso de velocidad. Nada se dijo de las escoltas, ni del golpe dado en la parte trasera. El hecho de que la “nena” estuviera sin el corazón tampoco fue materia de comentario alguno.
 
– Papá ¿ya viste esta nota? Se murió la hija del Gobernador.
– ¿De cual gobernador? Yo no conozco a ningún Gobernador.
– Yo tampoco. ¡Llegaron mis amiguitos nuevos! ¿Me dejas ir a jugar con ellos?
– Ve. Cuídate hijo.
– Me encanta como se ha adaptado nuestro peque, cariño. ¿Qué comentaban?
– Sobre algo sin importancia que salió en el periódico por Internet.
– Que bien. Voy al salón de belleza… hoy quiero algo… especial…
– Mmmmhhhh ¡Eso me encanta, amor!
– Vuelvo…
– Si, mami…
 
Dio un sorbo a su “tinto”, una fumada a su cigarrillo, y pensó “-Pinche Armando… se la cobró por completo. ¡Salud, amigo mío!”  
Categorías:Entretenimiento
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